FLORENCE + THE MACHINE

FLORENCE + THE MACHINE

21/03/2019

WiZink Center, Madrid

Pocas veces se puede hablar de temáticas complicadas y oscuras como con la magia que evoca y plasma sobre un escenario Florence + The Machine. La banda y, más en cuestión, su vocalista Florence Welch es capaz de motivarnos y llevarnos a un estado de animosidad, belleza y magia del que muy pocos son capaces.

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Durante dos horas nuestro cuerpo y mente viajan a otro espacio visual, forjado a base de movimientos dulces y acompasados de una especie de sirena vocal, de vestidos vaporosos para una mejor danza ante todos y música cuya voz nos emociona.

Un día antes ya conquistaba Barcelona para hacerlo también anoche en un WiZink Center vestido para la ocasión. El antiguo Palacio de los Deportes servía para que la inglesa nos llevara a su terreno de paz y amor, una especie de movimiento musical hippy aderezado por esa voz impresionante y un juego visual en el que ella danza libre, emocionante, descalza para poder sentir mejor una música y un ambiente en el que hay que estar para poder vivirlo de veras.

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Amor y empatía hacia su público, ese que, entre los que me encuentro, vibrábamos ante canciones de su gran último disco “High hopes” con cortes de la talla de “June” o la mágica y cálida “Hunter” cuya espectacularidad sonora crecía ante el derroche enérgico femenino que Wekch atesora.

Sus anteriores álbumes comían terreno, una forma de ofrecer cantos de sirena con cortes como “Dog days are over” haciendo hincapié en ese áurea de love and peace en el que todos éramos abrazos y besos como ella pedía, sin importar que fuéramos extraños por un momento.

Do you trust me?” preguntaba acompañando sus bailes las telas en lo alto del techo de arriba y abajo cual velero musical pidiendo dejar los móviles lejos.

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Espectadores que se fusionaban con la magia que emanaba de lo alto del escenario donde el silencio o los smartphones quedaban en segundo plano, solo animados a lucir con linternas a petición de la propia Florence en una especie de fábula que convierte su “Cosmic love”.

Intensidad y belleza a partes iguales, que brillaba en la energía de alma negra que es puro soul “Moderation” al rock más intenso. Con cada canción nos elevábamos, entrando en su mundo de cierta oscuridad a la par que majestuoso. Fuerza vocal y visual, esa que anima a medio pabellón a saltar con ella en “Queen of peace” Y nos marca un speech de paz y amor en el que todos somos del mismo lugar para abrazarnos y amarnos. Nos movíamos después a una realidad adolescente que dibujaban los trazos musicales de “South London forever”.

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Entre canciones y sus “gracias” en un agradable castellano, alabando la energía que le otorga el público español, dándole alas, dejando de lado lo tóxico mientras entrábamos en su onírico mundo a ritmo de arpa antes de maravillar con la intensidad que desprende su voz en “Patricia” ante el más absoluto silencio, sinónimo de respeto hacia ella.

Y ante intensidad y entrega total, tanto de ella como de su público, anonadados ante la esencia de “Delilah” de esas canciones en la que Welch brilla en toda su extensión, en unas inflexiones vocales que son de otro mundo.

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Y ante sorpresa de todos con la fuerza de dicha canción Florence decidía correr por un lateral, llegando a la mesa de sonido para cantar entre el público sin temor alguno, con sumo respeto por parte del respetable y haciéndola un hueco entre la devoción y el respeto máximo para una vuelta que, subida al foso nuevamente entre la gente gritar bien alto “What kind of man”.

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Capacidad innata para hacernos olvidar lo que resta fuera de un pabellón y, durante dos horas, animarnos, endulzarnos, hechizarnos y atraparnos, para salir con un baile final “Shate it out” para que el sueño, ese que vivimos, fuera más dulce en su despertar si cabe. Una magia que es necesaria en estos momentos, para seguir soñando y creyendo en la música.

Texto: Miguel Rivera

Fotos: Mariano Regidor