SÔBER

SÔBER – SINFONÍA DEL PARADYSSO

24/02/2018

Palacio Municipal de Congresos de Ifema, Madrid

Fotos: Javier Bragado

A una banda con la trayectoria de SÔBER quizás podamos pensar que no le quedan muchas cosas por hacer pero la formación aún tienen muchas cosas que ofrecer. Con cada disco y producción visual en directo, han intentado superarse e ir un paso más allá tanto por ellos como por su público.

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Humildad musical que les ha valido mantenerse en lo alto durante 25 años, ahí es nada. Pocas bandas pueden alardear de una carrera tan sólida y de lograr una reputación consolidada y aplaudida por muchos de la profesión.

Quizás por todo ello, y porque siempre están activamente inspirados por lograr cosas nuevas, faltaba algo más grande si cabe que marcar en su historial. Con 15 años de su aplaudido “Paradysso” con el que alcanzaban la fama, llegaba el turno de darle una vuelta y subir un peldaño. Lo han hecho con la “Sinfonía del Paradysso” un regalo visual y musical que ofrecer a sus seguidores.

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Con ello, el 24 de febrero de 2018 servirá de un antes y un después en la vida de SÔBER. Apoyados por la Orquesta Sinfónica O.C.A.S. de Asturias han querido dar rienda suelta a su creatividad y muestra de esfuerzo en un completo Palacio de Exposiciones y Congresos de Ifema de Madrid donde,recuperar y volver a la esencia de ese Paradysso reinterpretado con orquesta.

Máxima expectación es lo que vivimos en la noche del sábado. Uno de esos conciertos especiales, el más diferente en su vida musical, que ya una vez sentados respirábamos bajo emoción del público ante la solemnidad casi de acto a la espera de los soberanos.

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Todo dispuesto. Una gigante lona trasera para proyecciones durante todo el espectáculo, sobrio, con los lados del escenario bien ordenados por sillas donde asentar a la Orquesta, un atril para el director de la sinfónica y 4 focos dirigidos a Carlos, Antonio, Jorge y Manu.

Intensidad la que se respiraba y miradas emocionadas entre el público para recibir con aplausos y nervios a la orquesta, ataviada con capas negras, y la oscuridad vibrante de un comienzo cuya sinfonía marcaba “Una vida por exprimir” y “Animal”, pura intensidad ante los flashes de móviles y aplausos unánimes.

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Sonido algo sucio, especialmente en la voz que poco a poco iría mejorando para entrar con fuerza en “Blancanieve” todo con su proyección particular al fondo y unos miembros bien concentrados en aportar lo mejor ante tan magno y nervioso momento.

Carlos dando las gracias y, con su entrega y humildad, agradecer a los más de 2000 asistentes por hacer posible este momento. Muchos desearían estar así una “Eternidad” para que no quedarse “Lejos” de ellos. Fuerza y garra, con un Jorge impetuoso moviéndose por detrás de la orquesta y haciendo solos junto a Antonio y Carlos, bajo aplausos y mirada atenta de todos.

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Delicioso momento en que llegaba con su balada “Náufrago” más intensa si cabe por los instrumentos orquestales, todo ejecutado milimétricamente mientras Carlos bajaba al patio de butacas ante el nerviosismo de las primeras filas, algunas ya levantadas intentando captar el momento con sus móviles.

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Tras esa cercanía tan especial, y agradeciendo de nuevo al público el apoyo nos metían en su “Cápsula” e iniciábamos “El viaje” a su particular mundo de rock intenso. El escenario pulcro y sencillo daba mayor notoriedad a la orquesta, deliciosamente conjuntada para otorgar mayor empaque a un sonido tan complicado de conseguir pero que gustaba.

Aplausos y más aplausos ante “Hemoglobina” y “El hombre de hielo” que levantó al patio de butacas y el anfiteatro.

Llamaba la atención el apoyo puntual del público en las canciones por lo respetuoso del pabellón, centrado en dejar escuchar a la banda y orquesta más que de cantar como en un escenario habitual.

Carlos resumía muy bien qué es SÔBER afirmando que “tras 25 años estar aquí hoy es que no lo hemos hecho tan mal”. Ese es el mejor y más logrado resumen de una carrera de la que tomar nota.

Bajo esa intensidad no bajarían el ritmo con “Vacío” y “Paradysso” dejando el pabellón alto antes de que orquesta y banda abandonaran el escenario. En su regreso, aplauso para todos los músicos y ovación para Manu Reyes. Momentos especiales como el de Jorge aprovechando el micrófono para engrandecer a su hermano “Carlos, mi hermano, el puto amo”.

Regresábamos a “Vulcano” para un momento solemne bajo la belleza de “Estrella polar” cuya sinfonía encajaba perfectamente con lo ofrecido. “No perdones” y, por supuesto, la aplaudida y querida “Arrepentido” elevaban al cielo a la banda. Una cuasi despedida más que aplaudida, con la gente en pie para dar los últimos coletazos con la fuerza de “Superbia”, expandiendo “Mis cenizas” y sumarnos a “Diez años” que son muchos más.

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Si a SÔBER le faltaba algo por hacer era un concierto de estas características. Pureza y sinceridad para dar mayor empaque y épica a muchos de sus mejores temas, recordando un disco tan importante en su legado y entendiendo la música como un concepto mucho más amplio donde poder ofrecer otra visión puntual.

Una sinfonía, la del Paradysso para muchos curiosa, para otros espectacular pero que, al final, es un paso necesario para una banda totalmente necesaria en la escena musical nacional. Un gracias y un hasta luego, porque hay SÔBER para mucho tiempo.

Miguel Rivera