BILLY CORGAN

12/10/2026 Palacio Vistalegre, Madrid

Hay discos que marcan la juventud de uno. No sé la razón, pero tengo momentos concretos asociados a discos en mi cabeza. Es el caso de «Smash» de The Offspring, álbum que recuerdo haber ido a comprar al Alcampo (en ese momento se vendían CDs en superficies comerciales). También guardo el «Get a grip» de Aerosmith, con «Amazing» a todo trapo en el coche yendo al dentista con mi madre por aquel entonces. Por otro el «Appetite for destruction» de los Guns N’ Roses que me sigue acompañando a día de hoy y, por otro, «Mellon Collie and the Infinite Sadness» esa gran obra referencial (no olvidar tampoco «Siamese dream») de The Smashing Pumpkins.

Con esos recuerdos, es difícil no acercarse con cierta emoción a una propuesta como la que Billy Corgan traía a Madrid. El líder de The Smashing Pumpkins decidía reinterpretar de manera orquestal y a modo operístico uno de los discos fundamentales de los años noventa, una obra mastodóntica que forma parte de la memoria musical de muchos de los que crecimos entre guitarras, videoclips de madrugada y CDs que todavía comprábamos físicamente.

El efecto nostalgia no debería valer todo

Dos noches consecutivas con todo vendido en el Palacio de Vistalegre de Madrid avalan que la nostalgia sigue funcionando. Y seguramente también supone un negocio redondo en cuanto a números para el bolsillo de un músico que sabe perfectamente lo que significa recuperar un nombre, una obra y una época. Aquí es donde todo empieza a chirriar.

No es la primera vez que asistimos a una propuesta de este tipo. Lo vimos y hubo polémica este pasado verano en Noches del Botánico con Danny Elfman, aunque allí todo tenía más sentido. Los trabajos de Elfman, y por ende los de Tim Burton, son partituras creadas fundamentalmente para bandas sonoras instrumentales de películas, a excepción de «Pesadilla antes de Navidad», donde el compositor ponía voz a Jack Skellington y a algunas de las canciones cantadas. Molestó entonces que solo apareciera en el acto final, justamente el del mítico film de stop-motion, que es donde únicamente podía cantar, te guste o no.

Pero aquí estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de un disco. De un disco mayúsculo. De una obra que nació con canciones, con guitarras y con Billy Corgan como una de las figuras principales de aquella generación alternativa que convirtió a The Smashing Pumpkins en una banda imprescindible.

billy corgan
Billy Corgan en Palacio Vistalegre

La idea sobre el papel es buena. Incluso muy buena. Corgan se acompaña sobre el escenario de decenas de músicos de cuerda, un amplio coro y sopranos para llevar «Mellon Collie and the Infinite Sadness» a un terreno operístico, más clásico y solemne, buscando una nueva lectura para aquellas composiciones. Y hay que reconocer que musicalmente funciona.

La reinterpretación tiene momentos notables. La formación orquestal consigue vestir las canciones de otra manera, aportando dramatismo, profundidad y una dimensión diferente a composiciones que ya conocíamos de memoria. Las imágenes y los visuales acompañan además una puesta en escena cuidada, generando por momentos esa sensación inmersiva que pretende convertir el concierto en algo más que un simple repaso a un disco histórico.

El problema no está en la ejecución, el problema está en quien debería ejercer de protagonista.

Billy Corgan, vestido completamente de negro y con ese caminar lento que parece acompañar perfectamente a su personaje, aparece y desaparece del escenario como una especie de vampiro que se asoma de vez en cuando para recordarnos que esto, en teoría, es también un concierto suyo.

Dos actos separados por un descanso para el refrigerio de casi veinte minutos y, a lo largo de unas dos horas, tan solo cinco apariciones vocales de Corgan para interpretar «Thirty-Three», «Zero», «1979», «To Forgive» y «Tonight, Tonight».

El resto es una reinterpretación orquestal. Y aquí llega la pregunta inevitable: ¿para qué pagar una entrada de concierto de Billy Corgan para verle alrededor de veinte minutos sobre el escenario?

Un disco como pretexto

Hay momentos en los que uno piensa que se encuentra ante una experiencia de ópera contemporánea, algo que podría tener sentido para quien acude buscando precisamente eso. La ejecución de los músicos es notable y el coro aporta una dimensión grandilocuente a un repertorio que se presta perfectamente a este tipo de lectura.

«Mellon Collie and the Infinite Sadness» es suficientemente rico como para soportarlo. El problema es que las canciones llegan a ser difíciles de distinguir en determinados momentos. La orquestación se come parte de esas melodías que tenemos tan grabadas, mientras el público espera durante largos minutos que aparezca de nuevo el hombre que da nombre al espectáculo.

Y cuando lo hace, la ovación es inmediata. «Zero» provoca reconocimiento. «1979» nos devuelve de golpe a los noventa. «Tonight, Tonight» mantiene ese carácter épico que siempre tuvo. Pero la sensación de que estamos esperando a que Corgan vuelva a salir se hace cada vez más evidente.

Y a mitad del concierto, sinceramente, pasa por la cabeza marcharse.

No por la ejecución, no por los músicos, que hacen un trabajo extraordinario. Es por el planteamiento. Porque esto, con las correspondientes licencias de derechos de autor, bien podríamos verlo, e incluso mejor, en cualquier concierto del Auditorio Nacional.

billy corgan
Billy Corgan y la Orquesta

Una experiencia inmersiva con muy poco de Billy Corgan

Vivimos una época en la que las experiencias inmersivas están de moda. Todo debe envolvernos, sorprendernos y ofrecernos algo diferente. Y aquí Billy Corgan juega precisamente esa carta.

El problema es que la nostalgia no debería valerlo todo. Utilizar el nombre de un disco mítico de The Smashing Pumpkins mientras su creador aparece y desaparece del escenario para ejercer durante unos minutos como maestro de ceremonias vocal tiene algo de tomadura de pelo.

Una especie de experiencia inmersiva en la que, además, uno termina preguntándose si no ha pagado fundamentalmente por el nombre. Puede que para quien no vaya nunca a la ópera o a un concierto de orquesta esto suponga una novedad y algo brillante. Puede incluso que haya quien encuentre en esta reinterpretación una manera diferente y emocionante de reencontrarse con un disco que marcó su juventud. Y lo respeto.

Pero siendo sinceros, hay propuestas que funcionan mejor cuando el concepto acompaña al artista y no cuando el concepto termina sustituyéndolo.

Corgan tiene repertorio, tiene historia y tiene canciones suficientes como para haber construido una noche mucho más completa alrededor de «Mellon Collie». Incluso aceptando la idea operística, la presencia del músico podría haber sido mucho mayor, alternando sus apariciones con diferentes pasajes orquestales y dando verdadero sentido al formato.

En cambio, asistimos a una sucesión de apariciones que culmina con una ovación final poco entendible si cabe, porque lo que hemos visto durante buena parte de la noche ha sido una orquesta, un coro y unas sopranos reinterpretando un disco que, eso sí, sigue demostrando décadas después la grandeza de su composición.

Billy Corgan simplemente aparece para recordarnos de quién son esas canciones. Y vuelve a desaparecer.

Puede que «Mellon Collie and the Infinite Sadness» sea uno de esos discos que merecen ser revisitados de cualquier manera. Puede que la nostalgia nos lleve a comprar otra vez la entrada, a llenar dos noches Vistalegre y a regresar durante unas horas a aquellos años.

Pero la nostalgia también tiene límites. Y si para recuperar las sensaciones de aquel disco necesito pasarme buena parte del concierto esperando a que aparezca su autor, algo no termina de funcionar. Conmigo que no cuenten.

Miguel Rivera