Leiva, cómplice musical de una vida

Corría el año 2012 y, más concretamente primavera, cuando Leiva afrontaba un doble concierto en La Riviera de Madrid para presentar «Diciembre», ese primer «retoño» musical en los primeros coletazos de la que sería, sin saberlo, su fructuosa, exitosa y aplaudida carrera en solitario.

Se distanciaba musicalmente del que había sido su partner y hermano musical, Rubén Pozo, quien a la postre, se pondría «En marcha» en su también incipiente carrera bajo su propio nombre. Decían adiós a Pereza, esa banda que había calado hasta los huesos en numeroso tipo de oyente, hermanando rockeros, gente del pop y otros menos cercanos al estilo en una sola realidad, la que convertía a la banda en historia reciente y que, con el paso del tiempo acabaría teniendo más trasfondo y poso musical si cabe.

Como el buen vino, la historia de Pereza se ha ido forjando de manera interna, entre los nostálgicos, de quienes peinamos canas, de los que gustan del buen rock & roll, o de los que simplemente recordamos grandes momentos y años concretos al escuchar canciones como «Lady Madrid», historia a fuego Madrid en las cenizas del «Windsor» o la chulería de unos tipos convertidos en «Animales».

Si la música conecta con momentos, ese disco salvaje del rock urbano marca seguro la juventud de muchos. «Animales» es el álbum que siempre tiene cabida, en los buenos y malos momentos, cuando estás eufórico, cuando tienes un bajón, sirve para recordar momentos mágicos y una década musical de una de las bandas más importantes del rock español.

Si se trata de ubicar momentos, mi cabeza me lleva a rememorar muchas buenas historias, risas y cervezas antes, durante y después de los conciertos que ofrecían en la mítica sala Aqualung, o la vivencia de ese pase VIP con el que nos pegamos una fiesta absoluta entre celebrities y mundo mediático en el Campo de las Naciones, con Leiva y Rubén abriendo para Avril Lavigne en una tarde noche de verano.

Banda para emborracharse, con todas las letras, para noches locas y para recuperar, como si fuera necesario, su música. En lo personal, «Animales» ha servido de refugio nuevamente durante el confinamiento, porqué me marcó entonces y sigue siendo una obra culmen por la que no pasan los años.

Magia rockera que Leiva no dejó de lado, si bien aderezó de otros ingredientes y forma de componer, que comenzó a hacer brillar en solitario de manera más marcada y personal. Es Leiva ese artista con el que uno se siente cómplice, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, por ese desastre en llamas que a veces se presta («No te preocupes por mi») de rupturas, de subidas y bajadas, de amores, de guerras mundiales y de momentos «Breaking bad» para hacerlo todo muy good.

Comenzaba hablando del 2012, un año en el que sacaba su primer disco «Diciembre», que servía para verme de nuevo cara a cara para hablar de esas canciones que eran «Extasis», paseando por el «Miedo», poniéndonos al día del «Telediario» en un encuentro en el que se podía hablar de «Todo lo que tu quieras».

No éramos conscientes, al menos yo, claro, que Leiva entonces ponía punto y aparte con Pereza para construir, sorprendentemente, una carrera de la que ya conocemos y que en aquel entonces era futuro. Ahora en el presente, miro a un primer disco que me gustó, obvio, pero que recupero en estos tiempos con mucho más mimo y gusto equilibrado en una balanza discográfica que quita el hipo.

Son sus canciones nuevamente las que consigo afinar para ubicar en momentos concretos de mi vida. «Vis a vis» es un recuerdo mágico, ahora incluso más cercano, porque el de Leiva fue el último gran concierto (tanto en lo musical como en aforo) al que asistí antes de entrar en este círculo vicioso y malvado que es la pandemia. Y ese momento, de guitarra, voz y foco en el WiZink Center, él solo cantando en alto dicha historia, no hace más que ponerme de nuevo los pelos de punta ante un antiguo Palacio con el corazón encogido.

Desde ese marcado «Diciembre» en lo que se refiere al disco, cargó bien la «Pólvora», un segundo álbum de capacidad brillante pero que era el prolegómeno de la brillantez compositiva, musical, mental y equilibrada para dejarse llevar por sus «Monstruos», la que para mi sigue siendo, de forma indiscutible, su mejor obra.

Continúo ligando momentos cuando escucho sus composiciones, lanzaba por entonces single, ese «Sincericidio» que recuerdo perfectamente. Lo descubría en una soleada mañana, en una farmacia de Avenida de América, comprando medicamentos bajo receta para mi padre.

De incendios y guerras, de dejarse caer, de mojarse los zapatos con la lluvia, de tus ojos y el mundo, quizás ambos, quizás los dos, de pura electricidad o de viajes mágicos como el que siempre supone ir a San Sebastián, alejándonos y acercándonos cada cierto tiempo en ese amor de urbes, de veranos, idas y venidas.

Es esa capacidad de hacerte cómplice absoluto de lo que dice y canta lo que hace de Leiva un artista diferente, omnipresente en tu cabeza y hemeroteca musical. Capacidad «Nuclear» para aprovechar el tiempo «Como si fueras a morir mañana», de los bajones existenciales y de cuando uno está en su peor momento, cómo él, aunque bien diría que todo lo contrario. Un tipo con «Superpoderes» musicales para saber afrontar los golpes, de buen trato y simpatía en momentos tranquilos mediáticos, capaz de hablar de autodestrucción y relaciones, «A ti te ocurre algo», de manera fantástica.

Es su genialidad de abrirse en lo lírico y mostrarse en cuerpo y alma lo que hacen grandes sus canciones y, por ende, su música. Son sus composiciones un retrato de vida, y son esos últimos discos un revulsivo, un forma de contar historias con las que uno se siente cercano, vivencias que de un modo u otro pueden haber sido las tuyas. Es Leiva el tipo con el que irte de cañas, de viaje, a la playa o para emborracharte en momentos más jodidos, porque sus canciones, sus frases, su forma de describirlo y hacerlo tuyo, siempre se pueden asociar a un momento de la vida, y no falla. Capaz de hacerse cómplice y amigo, de cumplir cuarenta en cuarentena en ese confinamiento que fue nuestra «Estación eterna» contándolo para que tu, que escuchas, que cumples o vives el momento, te sientas identificado.

Canciones como cobijo

Sin duda, Leiva es eso, un tío de cine (ganador del Goya a mejor canción por La Llamada) que puede cantar uno de sus mejores temas «Breaking bad» para empaparte en su religión más particular, en la de verlo todo desde un prisma tremendo en el que poder darle la vuelta y hacerlo tuyo de manera menos tremebunda: «La vida me ha cambiado en un segundo extraño, demasiado brillo, demasiado impacto, me ha venido grande para ser exacto, ya sé que no es para tanto».

Un resumen de vida muchas veces, un cancionero perfecto para todo momento y un brillante relato para que Leiva siga dándonos la oportunidad de apoyarnos en su música para, una y otra vez, asociar sus canciones a momentos de una vida, esa que ahora vivimos en lo limitado.

Miguel Rivera

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