Caminar es algo que recomendaría a todo el que no lo practique. Ves y conoces de veras una ciudad, te sirve para hablar contigo mismo mientras te revolotean las ideas y los recuerdos y, además, haces ejercicio de forma implícita.
Incluso en una ciudad tan grande como Madrid y aun siendo de aquí sigues descubriendo lugares y rincones con cada nueva caminata. Me pasaba ayer mientras me dirigía a la casa de una amiga de ubicación privilegiada en Marqués de Vadillo, en unas fechas tan marcadas como las de San Isidro, casi pared con pared con la Pradera y con los sonidos lejanos colándose en una quedada regada con vino y ataviada con claveles y el mantones decorando.
Madrid: ciudad de ruido siempre que pases por caja
En una semana con marcado acento «mexicano», el fin de semana de San Isidro sirve para sacar a relucir esa «chulería» madrileña de tradiciones que, curiosamente, las juventudes están haciendo muy suyas. Cada año va a más, quizás también por ese «postureo» al que invitan las redes sociales de salir pintón en las fotos y vídeos pero, y aquí como abogado del diablo, bienvenido sea si es para aupar una tradición de nuestros abuelos que sigue ganando adeptos, algo que se deja ver en cada rincón de estas festividades por el centro de Madrid.
Sol, ganas, sonrisas y mucha diversión entre la muchedumbre que prácticamente tienes que esquivar por el puente de Toledo. Y en ese caminar de miradas profundad a tu alrededor, reclamaciones en fachadas de algunos edificios, por eso la importancia de ser observador también mientras caminas. Carteles por una vivienda digna, contra la especulación y los fondos buitre en pleno barrio de La Latina, mientras chalecos, gorros, claveles y mantones remarcan la tradición de mismo, lugares estos de gentrificación y el turismo desbocado que lo alteran todo y expulsan.
El caso es que entre tanta festividad ha llamado mucho la atención algo que está ocurriendo en estas fiestas, el control desmesurado del volumen a la baja de sus conciertos. Una fiestas con un cartel distribuido entre Plaza Mayor, la Pradera de San Isidro y Las Vistillas, la queja está siendo común, no la de los vecinos sí la de las miles de personas que se acercan a ver unos conciertos con la ridícula limitación a 90 decibelios. El resultado: público y grupos completamente insatisfechos.
Para quien no se haga la idea, el resultado de esa limitación conlleva que los conciertos no se escuchen prácticamente nada. Si nos quejamos en salas de quien habla al fondo todo un concierto, aquí el resultado final es que que todos hablamos ante la imposibilidad de escuchar un concierto sobre el escenario.
Está sucediendo con prácticamente todas las bandas, Baiuca o el viernes Camellos, que además de tener todo un guiño con el Sindicato Vivienda de Carabanchel sobre el escenario donde reivindicar el derecho a una vivienda digna en la Pradera, sufrieron de esta limitación sonora que conllevan que las quejas sean comunes estos días. Ellos mismos aseguraban que iba a ser un concierto soñado que no sonó como querían, atados de pies y manos con el volumen.
Ayer fue un concierto soñado para nosotros que no sonó para nada como queríamos. Atados de pies y manos en lo que a volumen se refiere. Ánimo a tod@s l@s compañer@s que están tocando en estas circunstancias y disculpas a la gente que vinisteis a vernos y no sonó como debía.
— Camellos (@camellosdigame) May 16, 2026
Llama poderosamente la atención que justo en la misma semana que Ayuso decía que dará seguridad jurídica al Bernabéu para que se hagan conciertos, agarrándose a que hay que «entender que vivimos en una ciudad de ruido», con Florentino asegurando que volverán a hacerse en el estadio denunciado a su vez por los propios vecinos de Castellana, nos tengamos que ‘comer’ unos conciertos que distan mucho de poder llamarse así.

Parece que la ciudad puede ser ruidosa únicamente si se pasa por caja y de manera privada y, entendiendo el derecho al descanso de los vecinos, limitar en plenos fiestas de San Isidro las actuaciones a 90 decibelios es dejar huérfano de música a unas fiestas patronales de toda la vida.
Leyes para que puedan celebrarse macroconciertos caros al máximo volumen.
— Nando Cruz (@nandocruz32) May 16, 2026
Leyes para que los conciertos de fiestas populares suenen al mínimo volumen.
La privatización del ocio musical.
Triángulo de Amor Bizarro ,un silencio como una «catedral»
Para entender el «fenómeno» tocaba acercarse al lugar en cuestión. En Las Vistillas el plato fuerte del sábado era Triángulo de Amor Bizarro que tan solo un día antes había lanzado un notable nuevo disco «Mi catedral» que presentar en las fiestas madrileñas.
La felicidad de los gallegos mostrada en el telediario desde el lugar de los hechos se hacia notar, pero el jarro de agua fría iba a ser del tamaño de una catedral con la caída del sol. Antes incluso de la hora anunciada, las diez de la noche y con un cuarto de hora de antelación salían a escena, y dicho y hecho. Lo que se venía sufriendo estos días se constató. Este año nos pudimos situar a menos de diez metros del escenario para llevarnos una decepción sonada, y no por el volumen.
Las Fiestas de San Isidro de Madrid están acumulando quejas por el sonido extremadamente bajo de sus conciertos, limitados a 90dB y difícilmente disfrutables a pocos metros, donde apenas se escuchan. Las barras están obligadas a cerrar a las 23 h #SanIsidro #FiestasdeSanIsidro pic.twitter.com/BbtXBpfG7r
— Muzikalia (@Muzikalia) May 16, 2026
No es que el sonido esté bajo, es que directamente queda opacado en el frontal, convirtiéndose en un hilo de fondo en el cual puedes hablar de tú a tú con el de al lado sin alzar la voz.
Lamentable acudir y actuar en estas circunstancias, porque lo que se consigue con estas limitaciones cuestionables es perjudicar a la música en directo con entrada gratuita en las fiestas grandes de Madrid. San Isidro convertido en patrón de silencio.
Da igual que suenen temazos como «Diosas adolescentes» porque hay que tirar de ingenio para lograr descifrar qué canción está sonando. Pronto se escuchaba al público gritando un «¡No se oye, no se oye!» reiterativo al que la banda contestaba pidiendo perdón, conocedores de lo que estaba ocurriendo «somos conscientes de no estar sonando como nos gustaría, si fuera por nosotros sería un volumen brutal» aseguraban. Entendible todo, causas ajenas al grupo marcadas por la ley del ‘no ruido’ en la ciudad del ruido para los gobernantes madrileños, eso sí, por barrios y si hablamos de eventos privados.
Dicho todo esto, cabe preguntarse si sabiendo de estas circunstancias merece la pena decir que sí a esto. Es una decepción absoluta para todas las partes, el público que ha ido a verte llevándose todo un jarro de agua fría ante una situación absurda, y por supuesto para las bandas, que con sus buenas intenciones, se encuentran como un león enjaulado, viéndose directamente afectados.
En la ciudad del ruido, de las prisas, de los gritos y las bocinas, buscar el silencio por barrios es algo para alzar la voz. Nos estamos acostumbrando a una seguridad jurídica a la carta, tienes tanto te doy tanto, porque en este negocio del libre albedrio y eventos privados en lugares públicos, poco a poco nos van dejando una ciudad irreconocible por mucho chaleco, mantón y clavel que queramos ponerle.



