TRAICIÓN

El Teatro Pavón Kamikaze recuperaba y estrenaba el 27 de agosto Traición, aquella obra a medio estrenar en marzo y obligada a quedar en suspenso por el estado de alarma. Seis meses después y algunos más para mi, ayer volvía al teatro, y en cuestión al Kamikaze para disfrutar de nuevo con lo que aporta una obra en vivo, consiguiendo evadirme de la realidad cotidiana, más forzada si cabe en estos tiempos.

Que el teatro es seguro y ordenado, como la cultura, tan olvidada y denostada en estos días por las instituciones, es algo que se observa de principio a fin, desde que entras, control de temperatura, distancias, entradas y salidas ordenadas, como el respecto máximo ahora por parte del público hacia los actores, donde las mascarillas en el patio de butacas es la máxima particular y diferente. Aquí no hay traición que valga porque el respeto es total, como pocas veces he visto.

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Puestos en faena, Traición, la obra de Harold Pinter está disfrutando de su nueva vida en un calendario que mantendrá la misma hasta el 2 de octubre en cartel, con un éxito de asistencia cada día que pasa. No es para menos, Israel Elejalde en la dirección ha conseguido plasmar ese triángulo amoroso revuelto, doloroso, cínico en muchos momentos y lleno de fuerza narrativa.

La obra cuenta cómo un trío de amigos se traiciona en sí mismo. Irene Arcos, Raúl Arévalo y Miki Esparbé es su maravillo trío protagonista, sumado a una pianista (Lucía Rey) que hace de conexión musical entre los años en los que transcurre la historia. Casi una década, del 77 al 68 con Inglaterra de fondo, contada de esa manera, al revés, como si de un film de Christopher Nolan se tratara.

Comenzamos por el final para descubrir esa traición de la que habla su título, la provocada por Jerry (Esparbé) con Emma (Irene Arcos) mujer de Robert (Arévalo), el mejor amigo del primero. Comenzamos la obra descubriendo ese final abrupto, en un bar, cuando ya todo ha pasado, ha sucedido lo peor, descubrimientos, lamentos, dolor, culpas y remordimientos aparecen en una mesa frente a frente entre Jerry y Emma. Al otro lado, Robert observa, en esa composición tan particular de la obra, que hace conozcamos el final nada más comenzar

Un engaño, un amigo, un amante y mentiras, dolor, amor, remordimientos, más bien el fracaso de ese engaño que conocemos en su principio justo al final, una regresión en el tiempo que va discurriendo entre Inglaterra e Italia con Venecia como punto clave. Sus protagonistas van contando el momento, micro de pie en mano, situando al espectador en los años en los que transcurre. Vamos retrocediendo, y ahí está la grandeza de lo que vemos. Permanecemos atentos, en silencio, solo roto entre risas provocadas por Robert, cuyo cinismo crudo ante lo ocurrido hace que se rompa un poco el hielo en dicha traición.

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Sus personajes quedan “desnudos”, con el mejor amigo traicionado, pero donde lo que de veras descubrimos es ese paso del tiempo en una relación, oculta sí, pero en la que podemos ver representado el amor caduco de algo que no ha funcionado, del que conocemos lo malo en su comienzo y la belleza del momento mágico casi en su final, siempre de algún modo incompleto, infeliz bajo deseos ocultos.

Inmensa Irene en un papel de una Emma entre dos aguas, en la oscuridad de un engaño por el se deja llevar ante una relación con el mejor amigo de su marido, Jerry. Él un personaje que notamos distante a lo largo de la misma relación, interpretado también con grandeza por un Esparbé que sabe medir los tiempos, reflejando esa frialdad de un camino recorrido que no ha sido el que esperaba. A medida que avanzamos hacia atrás, conocemos y descubrimos qué conlleva ese camino, y cómo el amor se va deteriorando, aquí invertido como digo, disfrutando de lo bonito de la mitad para el final, y asimilando el dolor y el fracaso en el comienzo.

Una montaña rusa emocional, una Traición por parte de tu mejor amigo y tu mujer, descubierta a lo largo de una década, en la que los sueños, las maniobras ocultas, las quedadas a escondidas, un apartamento de por medio y una carta conectan en ese abismo de infidelidad. Una vez terminamos pensamos en esa regresión en el tiempo, en la posibilidad de una inversión como plantea Nolan en cine en estos días, en la que quizás, conociendo como sabemos cómo termina todo nada más salir a escena, sus protagonistas decidieran volver al 68 para poder cambiar lo ocurrido. Solo así quizás, la Traición no fuera tal.

Una obra magnífica con un trío protagonista que te hace vivir todo de forma única, pensando y asimilando las consecuencias, hora y media para escondernos en un patio de butacas de una realidad complicada, la otra, la de fuera, más real si cabe.

Miguel Rivera