CARLOS SADNESS

05/02/2021

Teatro Coliseum, Madrid

Curiosa forma esta de asistir a conciertos la que venimos viviendo desde que, la nueva normalidad, impuso una forma de concebir la cultura y, más concretamente, la música en directo.

Vinieron los ciclos veraniegos, una especie de esplanadas o espacios abiertos como en forma de gran terraza musical, aclimatada al tiempo del momento. Con el frío, volvimos a los espacios interiores. Poco de salas y mucho de teatros. Ahora, lo que para algunas bandas venían a ser giras de teatros para dar una vuelta de tuerca a su sonido en formatos acústicos, se han convertido en las giras de todos o, cuanto menos, la fórmula para poder tocar en la normalidad impuesta por la situación.

Dicho esto, los teatros son ahora el bonito espacio donde llevar el eléctrico, sí, lo que hasta hace un año hubiera sido la gira de salas o pabellones, según el artista en cuestión. Toca estar sentados, sin comer ni beber y con la mascarilla, por el bien de todos.

Así es como venimos viviéndolo, para bien o mal, pero la fórmula para poder seguir asistiendo a conciertos. Carlos Sadness regresaba a Madrid dentro del cartel del Inverfest, tras su paso en verano por Abre Madrid aquel verano en el que salíamos de una desescalada temprana. Quizás por el momento, por el impacto y la forma que teníamos de estar aun asimilando el confinamiento, los directos, aunque con ganas, se vivían con tensión baja y mucho sentir extraño.

Con los meses, nos hemos acostumbrado a vivir sentados y con la tensión baja en conciertos, y poco importa el estilo, porque pasando por rock duro o pop, las actuaciones se tienen que vivir así.

Carlos y su «Tropical Jesus» como presentación oficial en «sala», en el bonito Teatro Coliseum, un espacio teatral para convertir Madrid en ciudad tropical durante hora y media.

Con el toque de queda adelantado, el tardeo musical daba paso a su «Ciclo lunar» en ese gran escenario donde cuatro músicos nos invitaban a vivir en el oasis que Carlos conforma en base a su última obra, con cabida lógica para algunos temas emblemáticos, que no todos.

Con poco espacio para su habitual y divertida verborrea, «por eso del toque de queda, no por desgana de la pandemia» ironizaba, nos calentaba el asiento a base de una primera parte de set de indudable gozo fandom: «Hale boop» para salir en busca de un espacio mejor, los ritmos del desamor más brillante y movido «Me desamaste» pasando por el nuevo ritmo refrescante de su renovada «Chocolate y nata» aunque sin Bretta como acompañamiento.

Con ese subidón inicial, las palmas y cánticos controlados en alto, marcaban un patio de butacas emocionado, todo lo que se puede adivinar tras mascarillas que ocultan sentimientos, esos que «Cuando todo estaba bien» eran fácilmente distinguibles en un acto de ‘sitting perreo‘ inigualable y respetuoso entre todos.

Ovación tras un cálido corte que nos transporta a un verano que esperamos poder vivir de otra manera diferente, como diferente fueron las navidades en Madrid, con un final nevado que Carlos envidiaba desde Barcelona.

Qué mejor momento que meternos de lleno en los aires tropicales de un Madrid lluvioso fuera mientras sonaba su «Isla morenita» en un «Ahorita» que dejaba un sabor de boca pocas veces visto, aplaudido, cantado y contoneado sin movernos del asiento.

El ukelele de «Semitransparente» relajaba un ritmo que venía cálido y vibrante desde el comienzo, mirando esa «Longitud de onda» que no es más el éxito incontestable de un tipo con mucha luz. No todos los días viene «Jesus» a verte y cantarte en «Días impares» en los que mantener la distancia de seguridad, para llamarnos bajo «Número oculto».

Es Carlos puro amor, «Amor papaya» un regalo que para él hubiera sido recibir mejor en streaming a una de sus canciones preferidas «Sebastian bach» de la que se quedó con las ganas.

Muchos aplausos y algún que otro «guapo» en alto, entre sus presentaciones, recortadas como recordaba porque el toque de queda apremiaba, no sin antes dedicarnos un rap a medio camino entre el teatro y las playeras, su «Aloha» que sonaba casi a despedida en un escenario en el que los videoclips y dos palmeras de neón eran único decorado necesario para echar el telón con el que gritar «Qué electricidad».

Eelectrizados por sus ritmos caribeños, un regalo en tiempos complicados que vivir sentados, sí, pero del que salíamos con un cierto subidón en el cuerpo, atisbos de verano, sueños encontrados y cierto optimismo musical interior que, lo quieras o no, hizo seguro un viernes mejor para todos. A «Jesus» pongo por testigo.

Miguel Rivera

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