Auditorio Miguel Ríos, Rivas-Vaciamadrid
24/06/2026
Casi una década después de la triste muerte de Chester Bennington, la banda Linkin Park, ahora liderada por Mike Shinoda y Emily Armstrong regresaba a Madrid tras muchísimos años de ausencia por territorio nacional.
Las circunstancias, que mantuvieron a la formación norteamericana en un limbo del que muchos tuvieron sus dudas, anunciaba en el verano de 2024 su regreso en activo, todo ello con la nueva incorporación vocal, en este caso de Emily Armstrong.
La formación rompía así el hiato musical en el que se vio sumida bajo el dolor y las dudas, para volver con Armstrong en todo un ejemplo de personalidad, que mostraban en el primer disco con ella «From Zero», recuperando en parte el viejo espíritu de la banda con algunas canciones de lo más esperanzadoras.
Comenzar de nuevo
En su documental Unshatter hay una frase que resume mejor que ninguna otra lo que ha sido el camino reciente de Linkin Park: «Lo más difícil de la parte final es comenzar de nuevo». Una reflexión que mira de frente al mazazo que supuso la pérdida de Bennington y a la incertidumbre de una banda obligada a preguntarse qué hacer con su futuro cuando desaparece una de sus almas más reconocibles.
Durante años reinó el silencio. Y quizás por eso el regreso de Linkin Park a Madrid casi una década después tenía algo más que el atractivo de un gran concierto. Era un reencuentro emocional. Una forma de cerrar heridas y abrir otras puertas. No se trataba de buscar un sustituto imposible ni de competir contra el recuerdo de Chester. Se trataba, simplemente, de volver a vivir.
Treinta mil personas abarrotaban por segunda noche consecutiva el Auditorio Miguel Ríos de Rivas-Vaciamadrid en dos de las jornadas más calurosas que ha vivido Madrid en lo que llevamos de año. No importó demasiado. El calor se convirtió en un actor secundario ante una multitud dispuesta a cantar hasta quedarse sin voz, emocionarse con canciones que forman parte de varias generaciones y terminar completamente empapada saltando al ritmo de una de las bandas más influyentes de las últimas décadas.
Porque si algo hizo grande a Linkin Park fue precisamente eso: romper barreras. Mezclar rap, electrónica, metal, melodía y emoción cuando muy pocos se atrevían a hacerlo. Y anoche volvieron a demostrarlo.

Un cataclismo emocional de dos horas
Si la primera noche había dejado críticas por un volumen demasiado desastroso para una banda de semejante pegada, la segunda funcionó como debía. El sonido acompañó durante prácticamente las dos horas de actuación, permitiendo disfrutar de cada matiz de una producción gigantesca que lució espectacular.
Pantallas inmensas, visuales modernos, tecnología LED de última generación y una escenografía diseñada para convertir cada acto del concierto en una experiencia propia. Porque el show de Linkin Park está concebido casi como una obra dividida en capítulos.
El inicio fue un golpe de nostalgia y músculo con «Lying From You» y «Crawling», dos clásicos que provocaron las primeras gargantas rotas de la noche. La respuesta del público fue inmediata. Madrid llevaba demasiado tiempo esperando este momento.
«Up From The Bottom» y «New Divide» mantuvieron la intensidad antes de que llegara uno de los primeros grandes estallidos emocionales con «The Emptiness Machine». Un tema que ya se ha convertido en símbolo de esta nueva etapa y que resume perfectamente la filosofía actual de la banda. Porque Emily Armstrong ya no es la nueva.
Dos años después de su llegada y tras el lanzamiento de «From Zero», la vocalista se ha integrado de manera natural en el universo Linkin Park. Lo ha hecho sin intentar parecerse a Chester, sin buscar imitaciones imposibles y aportando una personalidad propia que ha terminado por encajar con naturalidad. Su mérito reside precisamente ahí. Entender el legado sin vivir atrapada en él.
A medida que avanzaba el concierto esa sensación se plasmó también, especialmente en cortes como «Stained», «Waiting For The End» o una fantástica interpretación de «With You», recibida con una auténtica ovación.
Entre medias, Mike Shinoda recordó por qué sigue siendo una figura fundamental en la identidad del grupo. Su flow continúa intacto y durante toda la noche ejerció de maestro de ceremonias perfecto, alternando voz, teclados y cercanía.
Hubo incluso tiempo para bajar a la zona del público, cantar entre los asistentes, saludar a numerosos seguidores y regalar una gorra a una afortunada fan mientras las gigantescas pantallas retransmitían el momento para las treinta mil personas presentes.
Un detalle e efectivo para reforzar la conexión emocional de una banda que siempre ha entendido muy bien el contacto con su gente, y que quizás sí se echa en falta en el menor carisma de Emily.
Sanar heridas
Uno de los momentos más especiales llegó con «Unshatter». No podía ser de otra manera. La canción y el concepto que la rodea representan mejor que ninguna otra composición esta nueva etapa. Son la aceptación de una pérdida irreparable y la necesidad de seguir adelante.
Madrid la recibió con una mezcla de emoción, respeto y celebración. Algo parecido ocurrió más adelante con la delicadeza de «Breaking The Habit», iniciada al piano y acompañada por miles de voces que transformaron el auditorio en un inmenso coro colectivo.
Hay canciones que sobreviven a las modas. Y Linkin Park tiene unas cuantas. «Good Things Go» y «What I’ve Done» sirvieron para sostener la emoción antes de afrontar un último tramo sencillamente demoledor.
El final de los gigantes
Si algo distingue a las grandes bandas es su capacidad para encadenar himnos sin perder intensidad. Y Linkin Park sigue jugando en esa liga.
La parte final del concierto fue una auténtica avalancha emocional. «Overflow» emergió con una introducción atmosférica brillante mientras las pantallas convertían el escenario en un paisaje futurista hipnótico. Después llegó «Over Each Other» para desembocar en uno de los momentos más coreados de toda la noche.
«Numb». Treinta mil gargantas cantando cada palabra. Treinta mil personas recordando dónde estaban la primera vez que escucharon aquella canción. Treinta mil recuerdos condensados en unos pocos minutos.
El viaje continuó con «In The End» y una incendiaria «Faint» antes de afrontar un bis reservado para los pesos pesados. Porque cuando sonaron los primeros compases de «Papercut» ya era evidente que nadie quería marcharse.
«Heavy Is The Crown» confirmó la buena salud de la nueva etapa del grupo, demostrando que el material reciente convive perfectamente con los clásicos históricos.
Y entonces llegó la locura: «Bleed It Out». La explosión definitiva. Saltos, sudor, sonrisas y una multitud entregada hasta el último segundo para cerrar un concierto que terminó convertido en una auténtica celebración de la supervivencia.
La supervivencia de unas canciones, de una banda, de un legado que parecía imposible reconstruir. Quizás por eso la frase de Unshatter resonaba todavía al abandonar el Auditorio Miguel Ríos.
Porque sí, lo más difícil de la parte final es comenzar de nuevo. Y Linkin Park, después de todo lo vivido, ha demostrado que también era posible hacerlo bien.
Texto: Miguel Rivera






