Rulo, cercanía y emoción

El periodismo musical, cuando se alarga en el tiempo y le dedicas tu vida, con mayor o menor fortuna, va dejando poso y, según las maneras, lo que comienza en la distancia de quien conoce poco a un artista en lo personal, va convirtiéndose en una buena relación que va más allá de la entrevista periodística promocional de turno.

Desde que diera sus primeros y exitosos pasos con La Fuga, Raul Gutiérrez, Rulo, ha sido siempre uno de los músicos que mejor y más cuidado trato ha tenido, una persona afable, reservada en las distancias cortas pero con la que se puede hablar de todo, más cuando vuelves a encontrarte cada cierto tiempo con él.

Es uno de esos artistas con los que, circunstancias de la vida, haces buenas migas y la relación cordial profesional te lleva a mantener un contacto no muy habitual, pero siempre cercano y sencillo cuando es necesario.

Es de agradecer que un tipo como Rulo haya sabido reconvertirse, sin tener miedo alguno al precipicio que supone dejar una banda en todo lo alto como con La Fuga. Lo hizo en su mejor momento de lejos, llenando el que por aquellos momentos era el Palacio de los Deportes de Madrid para una pequeña formación de Reinosa que, con los años, se fue convirtiendo en todo un referente del rock urbano nacional.

La luna como fórmula poética de un letrista y compositor diferente, de «cabecita loca» emocional y emocionante, capaz de forjar baladas, medios y temas de rock de indudable belleza, de las que llegan, de las que calan y entran para hacer nuestras sus historias, que no es cuestión baladí conseguirlo.

Los choques frontales veloces le dejaban ver «Las señales» que daban la alarma hace más de una década, dejando profundas «Heridas del rock and roll» cuyas «Cicatrices» quedarían marcadas. Pero sin retorno, Rulo decidió hace más de una década abandonar la formación que le había lanzado al estrellato, para aventurarse, loco él, en una aventura en solitario de la que poco o nada sabía, más allá de hacer lo que le pedía de verdad el corazón y su cabeza.

En ese momento, y tras haber coincidido, charlado y saltado en sus conciertos de la Fuga, Rulo comenzaba una loca aventura bajo el nombre de RULO Y LA CONTRABANDA con «Señales de humo», esas que seguí hasta Reinosa en un mes de septiembre de 2010, semanas antes de su lanzamiento para, una vez más, compartir rato con él en su ciudad natal a donde llegué para pasar todo un día con él y Fito, donde nos desplazamos al estudio a escuchar las canciones de lo que sería su primer retoño en solitario.

Esa cercanía y complicidad dejaba notar los rescoldos del pasado, sin más resquicios que el dolor de haber abandonado tú sueño para emprender otro, sin mirar al pasado y ante un presente que adivinaba de mucho futuro.

Un día entero para confesarse, para hablar de la vida, del pasado, de su momento y de lo que venía, primeras piedras que sortear de un largo recorrido para comenzar su treintena. Una forma de inaugurarla espectacular, un día soleado en una tranquila Reinosa en fiestas, de tapeo, de comer, beber y cenar, charlando de música, escuchando sus canciones y compartiendo momentos para seguir sentando la base que gusta, la que te lleva a indagar sobre el músico pero más sobre la persona, y ahí RULO, deja ese poso de buen tipo, de gran persona.

Daba comienzo entonces una aventura que he seguido muy de cerca, desde el ámbito periodístico pero intercambiando a veces mensajes en Whats Apps o por IG para comentar, pedirnos fotos o quedar en vernos.

Dos años después llegaba «Especies en extinción» (2012) y su relación con Madrid, ciudad que siempre le ha tratado de maravilla, con esas Rivieras que ha ido llenando a lo largo de toda la década pasada, giras de teatros y eventos de marcas.

Es RULO el tipo dispuesto siempre a seguir promocionándose, a hacerte un hueco cuando le pides hacer algo, como cuando tocaba en Galileo Galilei en 2014 y, con muy poco espacio, sentarse y darte su tiempo para grabar y volver a vernos.

Un artista en esencia del rock pero con alma de cantautor, como bien me indicaba hace poco más de un año, cuando editaba su última y flamante obra «Basado en hechos reales».

Ese artista cántabro de espíritu reservado, de miradas cómplices, como cómplice se ha hecho con el tiempo de Dani Martín, músico y «hermano» con el que ha colaborado, amén de una última etapa llena de colaboraciones junto a artistas como Coque Malla, Andrés Suárez, Álvaro Urquijo o Kutxi, para dar un lavado de cara a su última obra en un momento, de cierto parón musical en directo, por la obligatoriedad de los tiempos.

Es Rulo quizás uno de los músicos que se han mantenido más activos en el complicado 2020, fue uno de los últimos artistas a los que abracé en promoción, ajenos a lo que nos venía dos meses después, y también mi penúltimo directo de verdad antes de la pandemia en La Riviera , sin mascarillas, de pie, compartiendo y socializando.

Curiosamente, la vida quiso que así fuera, resultando mi primer «directo» en un autocine. Una desescalada el pasado mes de junio que le unió sobre el escenario con Marlon en el Autocine Madrid Race en una actuación en la distancia que marcaban los coches. Todo vino junto y, en las dudas que provocaba el momento, él fue pionero en hacer una de las primeras actuaciones en directo en la recién estrenada nueva normalidad, la que marcaban los tiempos aun en desescalada en Cantabria.

Recuerdo la extrañeza pero emoción que me desvelaba al teléfono, en su día después de tocar para contarme, en primicia, las sensaciones que despertaba el encontrarse muy poco público, mascarillas y distancia, en un momento en el que mi vida en el exterior se resumía en poder salir a correr.

Emocionante como supongo ha sido el final de un año tan «movido» en lo mental que le ha dado tiempo a ofrecer, junto a África Egido su primer libro autobiográfico «Tres acordes y la verdad» donde hace eso mismo, todo un ejercicio verídico y sincero de su vida.

Fue 2020 un año duro, pero Rulo ha sido también una válvula de escape, en forma de lectura, de música con colaboraciones con las que escapar del tedio y soñar. Era momento de tener esperanza como la de su vuelta a los escenarios tras casi tres meses de encierro, de ofrecernos la posibilidad de conocer la música desde el habitáculo de un coche en tiempos inciertos e incluso de complicidad, la que me llevaba en plena desescalada y por cercanía, a vernos las caras en casa de sus suegros en un mes de junio tan desequilibrado en lo emocional que cualquier «contacto» era bienvenido, después de una soledad impuesta para perdernos todos durante meses en la soledad de las pantallas.

Una historia «Basada en hechos reales» de un tipo que habla de aprovechar el amor y del bienestar emocional como una ola, de cogerla cuando está en lo alto, de sincerarse en sus canciones, de hacer lo que le gusta porque así es como de verdad es sincero consigo mismo.

Es RULO ese músico y persona tranquila, excitante sobre el escenario, emocionalmente exquisita en lo compositivo, un tipo que siempre tiene hueco para contarte, un momento para leerte y la deferencia habitual de difundir el trabajo que realizas. Eso, señores, no es tan fácil en este mundillo y afortunadamente, Rulo convierte lo complicado en algo sencillo, con cercanía y mayor fortuna si cabe.

Miguel Rivera

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